Siempre recibía a un gato anaranjado en su departamento. Entre las seis y las siete de la tarde, el animalito aparecía en su balcón y reclamaba atención a través de sus tiernos maullidos. Dante siempre respondía al llamado llevando un plato de comida y agua para el minino. Se quedaba a observarle, siempre admirando la belleza de su pelaje naranja y la fuerza de sus ronroneos.
—Mírate —le decía al michito—. ¿Cómo vas a ser un gato y tener una rutina?
Rió sin ánimos mientras le acariciaba.
Ese momento de su tarde duraba no más de quince minutos y se repetía sin falla todos los días de la semana. Dante le agarró cariño al animal muy rápido, a pesar de no ponerle un nombre ni adoptarlo del todo. Pensaba que ese gato era más feliz yendo y viniendo que quedándose dentro de un departamento tan pequeño como el suyo.
Al día siguiente, el gato volvió, como de costumbre. Dante fue a recibirlo y, por primera vez, el animalito saltó directo a sus brazos. Lo tomó entre sus manos y lo levantó, alejándolo de sí mismo, y observó al gato cara a cara: le faltaba un ojo.
¿Siempre le había faltado un ojo al gato? No, ¿verdad? No podía ser. El gato era perfecto.
Se acercó más para verlo mejor y, donde debía estar la cuenca, solo había piel y pelo. Si es que perdió el ojo, lo había hecho hacía muchísimo tiempo, lo suficiente como para que la herida se hubiera cicatrizado y apenas se notara la ausencia. El que sí tenía era completamente negro, contrastando con su pelaje, por lo que incluso desde lejos uno podía notar que algo fallaba en el rostro del gatito. Dante creyó que conocía al gato a la perfección.
¿Siempre le había faltado un ojo?
Dejó caer al gato en un reflejo, frustrado y confundido. El gatito corrió y se ocultó debajo del sofá; decidió que ese espacio sería su nuevo hogar. Dante suspiró, triste. Ahora debía hacerse cargo de un gato al que le faltaba un ojo y no tenía nombre.
Compró una bolsa de comida para gatos de unos tres kilos y platos para gatos. Le pareció un gasto innecesario e inesperado, pero el gato hasta ese momento no demostraba tener ningún interés en irse a pesar de los esfuerzos de su «dueño». Ese interés con hacer desaparecer al gato fue desapareciendo poco a poco. Dante comenzó a mantener todas las ventanas y las puertas cerradas para evitar que su nueva mascota se escape. No tardó en darse cuenta que iba tener que comprar una arena que oculte los olores naturales del gato y algún cepillo para sacar los pelos del sofá.
El gato ya no le demandó atención. Se dedicó solamente a existir. Aprendió la rutina de su comida y las veces que su compañero de piso iba a desaparecer detrás de esa puerta blanca que separaba su mundo del exterior. Recorrió el departamento entero: conoció todos los recovecos pequeños donde esconderse cuando quería sentirse solo; aprendió cómo subir hasta encima de los aéreos de la cocina para dormir con comodidad; encontró todos los espacios frescos para combatir el calor. Se convirtió en el dueño de los lugares inalcanzables para Dante.
Pero el gatito buscaba las nubes con la mirada en el techo y no estaban.
Una mañana, Dante dejó la persiana abierta y la luz del sol entró al departamento por primera vez desde que comenzó la cuarentena gatuna. El michi se quedó tieso, observando la luz, el balcón, la libertad. El ojo como un plato y la boca entreabierta, dejando ver sus colmillos. Ni siquiera el sonido de la comida cayendo sobre el plato desvió su atención. Dante lo vio desde la mesa del comedor. Nunca se preguntó de dónde había salido el gato, si es que tenía una familia —felina o humana— que le esperaba del otro lado, cuántos años tenía o siquiera su nombre. Ese gato era simplemente un gato que vivía en su departamento y nada más.
Más tarde, Dante esperaba su cena. Pidió un delivery porque ganas de cocinar no tenía. El gato no se había movido desde la tarde cuando comenzó a observar el balcón a través de la puerta corrediza, que se quedó con las persianas abiertas. El delivery llegó e hizo sonar el timbre. El gato movió levemente la oreja derecha: era una oportunidad. Se dio la vuelta y esperó a que su roommate abriera la puerta. Dante giró el pomo y el sonido que se produjo cuando la cerradura se destrabó fue la señal que el felino estaba esperando.
Salió disparado, en absoluto silencio. Rodeó las piernas de su compañero, cruzó la puerta y pasó por debajo de las piernas del delivery man, que se tambaleó y dejó caer el pedido sobre Dante. Él ignoró el accidente y salió corriendo detrás del gato, que avanzaba a gran velocidad en dirección a la única ventana abierta al final del pasillo.
—¡Gato! —gritó Dante mientras corría— ¡Vení acá!
Pero el gato no le hizo caso. Se sentía libre, ligero, era un depredador alfa en una jaula de cristal. Lo pudieron contener por unos días pero siempre la cadena alimenticia sigue su curso. Saltó a través de la ventana, no le importó que estaba en un tercer piso. Voló por unos segundos y cayó sobre un enorme camión tumba que transportaba arena a sus espaldas. Dante no alcanzó a ver al gato caer sano y salvo sobre nada, tampoco tuvo el valor de bajar a ver si es que su compañero sobrevivió. Bufó para sí mismo y volvió a su departamento, empapado de fideos chinos y gaseosa. Pagó al delivery man, le dejó una propina generosa y se bañó. Durmió pensando en el gato y en cómo se le escapó de entre sus manos.
«Otoño», pensó. «Se llamaba Otoño».
Pasó casi un mes de la aparente muerte de Otoño. Dante visitó muchos centros de animales rescatados, buscando un nuevo compañero. Nunca se animó a llevarse ninguno. Siempre dejaba alguna donación para el lugar a cambio de las molestias, podía estar horas viendo a todos los gatos del lugar para luego irse con las manos vacías.
El primer domingo de Otoño vio a un gato anaranjado en su balcón que parecía esperarlo. Casi derramó el café mientras corría. Abrió la puerta corrediza y tomó al gato en sus brazos y confirmó que le faltaba un ojo. ¿Era el mismo ojo que perdió Otoño? No logró recordar cuál de los dos era el que le faltaba y no tenía ninguna foto para averiguarlo.
Alrededor del cuello tenía un collar —Otoño nunca tuvo collar— con una placa en forma de pescado. Atrás de la placa había un número de teléfono y el nombre «Bianca». Dante pensó que ese no podía ser el nombre del gato; Otoño era macho —aunque este gato, a diferencia de Otoño, estaba castrado—. Soltó al animal que fue corriendo a ocultarse debajo del sofá. Lo pensó unos minutos y decidió llamar al teléfono que encontró.
—¿Hola? —respondieron del otro lado.
—¿Bianca? —carraspeó—.
—¿Quién habla?
—Me llamo Dante. Creo que tu gato es el mío. Se perdió hace como un mes y ahora volvió a mi departamento.
—¿Mango está contigo?
«¿Mango? ¿Ese es su nombre?»
—Sí, está acá. Pásame tu ubicación a este número y le puedo llevar para que hablemos mejor. Te juro que es mi gato.
—Bueno. Tráele. Mango suele salir mucho, le dejamos que sea libre.
«Mango suele salir», pensó. Otoño nunca salió de su casa hasta que la puerta se le quedó abierta más tiempo del necesario. «Obviamente sale mucho, me quería encontrar de vuelta».
Se encontró con Bianca en su casa. Era un hogar humilde pero espacioso, bastante más que su departamento. Ella misma le atendió.
—Hola. ¿Le trajiste a Mango?
—Acá está —golpeteo una jaulita para gatos, la compró ese mismo día. La levantó para que Bianca pudiera ver a través de las rejas—. Mírale.
—Déjale salir, porfa.
—Este es mi gato. Te juro por mi vida que es mío.
Bianca no le soltó la mirada. Tenía un ojo entrecerrado y el cabello con tinte naranja, casi idéntico al gato.
—Si es tuyo entonces, ¿cómo se llama?
—Otoño.
Bianca seguía calculando. Para ella, Mango era su gato, pero también era cierto que le dejaba salir bastante, porque siempre regresaba. Mango llegó como un gato callejero adulto, no intentó cambiar su naturaleza aventurera.
—¿Cómo se te escapó?
—Se me quedó la puerta abierta y saltó por la ventana de mi edificio.
—¿Vivía encerrado?
—Sí, obvio. No quería que se escape.
—Pero es un gato grande, ¿le tuviste desde chico ya? Si llegó a tu casa de adulto no le podes sacar nomás su libertad. Está reacostumbrado a ir y volver.
Dante no le respondió.
—Abrí esa jaula y vas a ver que va entrar a mi casa.
Dante le hizo caso y pasó exactamente como dijo. El gato con dos nombres entró corriendo a la casa y dejó a sus «dueños» solos. Dante sintió una puntada en el corazón.
—O sea que no es mi gato.
—¿Cómo no va ser tu gato? ¿Cuántos gatos de ese color conoces que les falte el ojo izquierdo? Se escapó de tu depto y llegó a mi casa. No tenía ningún collar y pensé que era callejero. ¿Cuál es tu edificio? ¿Dónde queda?
—Concordia, sobre Arrayanes casi Libertad.
—¡Estás a tres cuadras! ¿Le buscaste piko a tu gato cuando se escapó? No vi ningún aviso en ningún lado.
Dante se avergonzó y no le admitió lo que verdaderamente pensó que pasó cuando Otoño saltó por la ventana. Le mintió diciéndole que «no vio nomás los carteles».
—El gato es de los dos. Te aseguro que ni siquiera somos sus únicos dueños. Déjale ir y venir nomás de vez en cuando así se pasa por acá también.
Dante aceptó los términos. Le escribía a Bianca para preguntarle cómo estaba Otoño, ella le respondía que Mango estaba bien y que había pasado todo el día afuera. Las primeras dos semanas Otoño no se apareció por su departamento. Le extrañaba pero tampoco quiso forzar las cosas. Renovaba un plato de agua y comida todas las noches por si el gatito decidía aparecerse.
Una mañana encontró el plato de agua vacío y el de comida a medio comer. Buscó algún indicio de que fue Otoño; algún pelo naranja suelto por el piso del balcón o algo similar pero no encontró nada. Esa noche Dante sacó una silla a su balcón para respirar aire fresco. Se preparó un ferroviario, el trago favorito de su padre argentino y puso un vacío en la parrillita que tenía. No la había usado nunca en los dos años que llevaba viviendo ahí. Mientras esperaba que la carne se cocine bebía y se protegía del frío con el carbón. Sintió que algo se le subió por el hombro: era Otoño, que en algún momento del día entró a la casa sin que Dante se diera cuenta —al menos eso es lo que asumió—.
Dante dejó que el gatito se sentase en su regazo para hacerle compañía. Le acarició la cabeza y le miró el rostro. Le pasó el pulgar suavemente por donde debía estar su bendito ojo izquierdo. A Otoño no parecía molestarle.
—Para que te falte un ojo tenes una mirada súper profunda, ¿eh? —le dijo con voz tierna, juguetona. Se percató de que tenía una nueva placa en su collar. El pescado había sido reemplazado por la patita de un gato y ahora tenía inscripciones en ambos lados. Enfrente el nombre Otoño y su número de celular, del otro el nombre Mango y el número de Bianca.
Dante sonrió. Le mandó una foto de Mango a Bianca y le agradeció el gesto. Esa noche durmió en su cama junto a Otoño.
A la mañana siguiente le abrió la puerta del balcón.